Vídeo de Antonio Aurelio: Perscución religiosa y diálogo interreligioso

Ponencia presentada por P. Fr. Antonio Aurelio Fernandez, O. SS. T., Presidente Solidarietà Internazionale Trinitaria y Miembro del Observatorio de la Cautividad, Linea de Trabajo “Cristianos Perseguidos”.
Ponencia presentada el 15/09/2015 a las 09:55 en la Curia General de la Merced (Roma).

TEXTO DE LA PONENCIA

Como es lógico, me gustaría agradecer la invitación por parte de la Orden Mercedaria para que la Orden Trinitaria estemos presentes y colaboremos a la hora de desarrollar aspectos y puntos de vista conjuntos en el Observatorio de la Cautividad, y de afrontar ilusiones, actuaciones y proyectos comunes. Símbolo, sin duda, de que formamos parte de una única tradición redentora dentro de la Iglesia.

Para afrontar esta charla sobre persecución religiosa y diálogo interreligioso, quisiera comenzar con un texto bíblico que, quizás, nos pueda ayudar a tener una visión diferente o, en definitiva, más clara. Sería presuncioso perdernos en análisis hermenéuticos o en puntos de vista milagrosos para solucionar un tema que aumenta cada vez más, como el de los cristianos perseguidos.

El texto dice:

“En aquel tiempo, alzando la mirada, Jesús vio a unos ricos que echaban sus donativos en el arca del Tesoro; vio también a una viuda pobre que echaba dos moneditas, y dijo: ”De verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir” (Lc 21, 1.4).

Efectivamente, a simple vista el pasaje no parece decir nada respecto al argumento referente al diálogo o persecución religiosa. Y así es. Pero nos puede ayudar a conseguir unas herramientas válidas para adentrarnos en el contenido. Individuaremos los contenidos que se presentan reduciéndolos en tres puntos o particularidades.

La primera particularidad que debemos tener en cuenta es que estamos en un contexto religioso: el templo.  La acción se desarrolla en un lugar de culto, un espacio donde la persona se encuentra con Dios, se relacionaba con la divinidad, y también donde se realizaban las disputas y las enseñanzas rabínicas, podríamos decir un lugar de “dialogo” sobre la religión. Por ello, precisamente es en este sitio donde Jesús realizaba juicios en contra de los escribas y fariseos, o mejor dicho, en contra de su hipocresía religiosa. Si bien toda la actividad de Cristo se desarrolla desde un punto de vista desde el creyente, es en el ambiente del templo donde se hace más incuestionable la exigencia de Jesús por mantener la fidelidad a la voluntad de Dios. Más tarde, dejará ver que el verdadero templo de Dios está en la persona creada. Este aspecto nos da el impulso para poder centrarnos en la actuación hacia las personas.

Es, además, el entornos desde el que debemos impostar el tema del diálogo y de la persecución religiosa. Es decir, hablemos desde el “pulpito o cátedra” que hablemos, estos argumentos deben ir siempre ambientados en la relación persona-Dios.

Pero vamos a ajustarnos un poco más al gesto concreto del Evangelio. Nos paramos en la segunda particularidad. Leemos que Jesús vio por dos veces: Levantando la mirada vio a los ricos y luego vio a la viuda pobre.  Ver, es el verbo que encuadra toda la acción.

Recordemos que en el Atrio de las Mujeres que había en el Templo, se encontraban trece cepillos que llamaban “trompetas”, por el diseño que tenían. El dinero de cada trompera estaba destinado a una ayuda diferente, cada uno servía para un fin concreto.  Por tanto, es importante saber dónde situarse para poder ver unas cosas u otras. Según el lado en el que nos coloquemos, se podrán ver unos cepillos u otros. Nosotros entendemos que Jesús se colocó en un sitio donde controlaba la acción concreta que se estaba desarrollando y que Él ha descrito. Es decir, decidió colocarse en un lugar preciso en función de lo que quería ver.  Ya empezamos a descubrir herramientas que nos ayudarán a trabajar el tema de la persecución y del dialogo religioso: en función del lugar desde donde miremos, veremos unas cosas u otras, unas alternativas u otras.

Es primordial tener claro desde donde estamos mirando. En este pasaje, para potenciar el sentido de observación y la veracidad que procede de ello, no existe otro dialogo que el de mirar, ver. La viuda, a diferencia de otros pasajes evangélicos donde los necesitados se dirigen directamente a Jesús o Él mismo entabla ciertas conversaciones, en este caso, no hay diálogo entre la viuda y Jesús. La viuda no habla, sólo realiza un gesto que supera toda conversación. Podríamos decir que su voz es su gesto. Por ello, en este pasaje es indiscutible la importancia de la observación. Hay que saber dónde situarse para poder ser un buen observador.

La tercera y última particularidad que extraemos del texto y que puede seguir ayudándonos en nuestro análisis de persecución y dialogo religioso es el de la ofrenda de la viuda. Jesús no se fija en el rostro, en el nombre o ni siquiera en una descripción de la persona, lo que le llama la atención es la ofrenda de la viuda. Ofrenda que es caracterizada por la donación de la totalidad. Es decir, la entrega total. Ella lo da todo, no se reserva nada, y lo da en el templo y para el templo. Con ello se describe que lo entrega todo a Dios. Y Jesús, que es Dios, se fija en ello, se da cuenta y lo acepta, proponiéndolo como ejemplo.

Impulsados por lo que nos describe este pasaje, es el momento de introducirnos en nuestro tema. Y lo hacemos a partir de una serie de cuestiones que nos ayuden a encontrar sus respuestas. Hemos evidenciado tres aspectos: el contexto religioso; la importancia de observar y ver las cosas dependiendo de donde nos colocamos y, finalmente, el gesto concreto.

Efectivamente, el templo representaba al Dios de Israel, que era el único Dios y como tal, residía en el único templo. Pero ese templo está hecho de manos humanas. Jesucristo es el verdadero templo de Dios, y por tanto, en él descubrimos todo lo que podemos y debemos saber de Dios. Recordamos cómo a la entrada de Jesús en Jerusalén, se le aclamaba “bendito el que viene en el nombre del Señor”. Este es el grito que ha atravesado toda la historia del cristianismo como identificación del contexto religioso en los discípulos de Cristo.

Los discípulos de Jesús salen de sí mismos para ir en nombre del Señor. Los discípulos de Jesús deben ser recibidos como los que llegan en nombre del Señor. Pero no sólo eso. Los discípulos de Jesús deben comportarse y actuar como los que van en nombre del Señor. Ese es el contexto religioso en el que se mueve el dialogo religioso y en el que se sufre la persecución religiosa. Porque todo lo que hacemos y todo lo que decimos se hace en el templo de Dios, es decir, en nombre del Señor. Es verdad que también en el templo había comerciantes y cambistas que operaban según la legalidad. Ellos no estaban fuera de la ley del templo, sino que su trabajo era legal. La propia autoridad del templo recibía parte de la ganancia de los mercaderes. Había beneficio para ellos. Esta es una característica muy significativa a la hora de hablar sobre la persecución religiosa, especialmente cuando tratamos de proyectos concretos. Lo explicamos.

La realidad en la que se mueven las dos órdenes redentoras, Trinitarios y Mercedarios, está delimitada por las propias obras, o al menos deberían estarlo. Obras sociales y de carácter misericordioso que, como discípulos de Jesús, nos dirigimos a los más necesitados. Pero estas actividades y obras son nuestras obras. Invertimos mucho personal, tiempo y dinero para trabajarlas y desarrollarlas. En la mayoría de los casos se encuentran en nuestras propias casas y en nuestro propio contexto. Esto es positivo y bueno. Pero en el campo de la persecución religiosa, las circunstancias no son las mismas. Ni los proyectos que realizamos, ni las ayudas que ofrecemos, son acometidas en nuestras propias realidades o contextos. Normalmente no estamos presentes en estos espacios de “vivencia” cristiana. Difícilmente sufrimos persecuciones sangrientas como la de muchos cristianos. La persecución religiosa en la vida y carisma de los trinitarios y mercedarios tiene unos aspectos muy diferentes a los que encontramos en las obras sociales o de desarrollo. No podemos caer en el error de confundirlas o identificarlas desde un mismo argumento. La habitual frase de “¿si no estamos allí porqué vamos a hacer algo? Vamos a ayudar antes a los nuestros” es la que define esta confusión. La fidelidad al carisma recibido nos obliga a diferenciar el contexto social del contexto de persecución religiosa. Los dos son válidos pero los dos son diferentes.

Efectivamente el entorno religioso-social en el que se encuentran nuestras actividades y apostolados es el que va marcando y configurando nuestro motivo de existencia, pero el contexto en el dialogo y persecución religiosa es el que marca y configura nuestra fidelidad como orden. No se puede prescindir de ninguna de las dos realidades. Nosotros debemos sentir, como los mismos cristianos perseguidos, que las obras que hemos realizado también nos las quitan, o nos las bombardean, o nos aprisionan, aunque no estemos allí, pero sabemos que a diferencia de las obras sociales, que tendrán cierta continuidad, quizás los proyectos que hagamos en tierras de persecución serán destruidos o arrebatados, ya que eso es lo mismo que les pasa a la iglesia perseguida que sí está presente en estos países. Es necesario que nos sintamos perseguidos. De esta forma nos identificamos con ellos mismos y con lo que les pasa. Somos, al igual que ellos, cristianos oprimidos. No podemos decir que los conocemos si no compartimos con ellos.

Para concluir este argumento, podemos hacernos estas cuestiones: ¿somos capaces, a diferencia de los cambistas, de estar en el templo sin recibir ganancia a cambio? ¿Estamos en el templo ofreciendo todo lo que tenemos sin esperar a recibir nada?

El segundo aspecto que hemos individualizado en el texto evangélico descrito, nos habla de la importancia de ver y observar las cosas dependiendo de donde nos coloquemos. Jesús mira las ofrendas que la gente echaba en el cepillo. Es interesante recordar que anteriormente Él nos había dicho que no “vea” nuestra mano derecha lo que hace la izquierda (Mt 6, 3). Pero también es verdad que “Dios ve en lo secreto” (Mt 6, 6). Cristo, verdadero Dios, mira siempre nuestra ofrenda, se fija en nosotros. Además, el nos enseña a saber dónde situarnos, desde donde mirar. De esta forma, estaremos preparados para ver lo que Dios nos pide que veamos y de la forma que Él quiere que veamos.

Este semblante es muy significativo a la hora de hablar sobre el diálogo interreligioso. Efectivamente, dependiendo de donde nos situemos, nuestra visión será diferente. No es lo mismo este dialogo visto desde una cultura occidental, que visto desde una cultura de Medio-Oriente. Simplemente con un análisis estadístico de publicaciones o estudios en referencia a las relaciones entre las diversas religiones, evidenciará donde estamos situados.

El centro del debate sobre el dialogo religioso debe partir de la libertad religiosa en el mundo. Mientras no exista libertad religiosa, difícilmente puede haber dialogo religioso. La libertad religiosa no es el objetivo o el fin al que aspiramos, sino el instrumento, la herramienta necesaria para el fin que nos propongamos dentro del diálogo religioso. La Iglesia ha sido la mayor defensora de la libertad religiosa proyectada especialmente en la declaración Dignitatis Humanae del Concilio Vaticano II.  Es precisamente la falta de esa libertad lo que ayuda a la persecución religiosa. Va por tanto conectado obligatoriamente el dialogo religioso con la persecución religiosa y ello a través de la libertad religiosa. Este es el eslabón que une o separa. Por tanto, siempre que se dé dialogo, debe tenerse como herramienta la libertad religiosa. Si eso no se cumple, si entre las partes que componen ese diálogo no existe libertad de creencia, entonces el dialogo desaparece y se vuelve coacción.

Efectivamente, esto lo podemos descubrir a la hora de realizar un mapa universal sobre el diálogo interreligioso. Los países donde se da más abiertamente ese diálogo son países donde existe libertad religiosa. En cambio, los países donde no existe esta libertad, falta de libertad religiosa que en algunos casos se vuelve persecución, el dialogo con otras religiones se vuelven esbozos de un camino que aún no se ha comenzado a realizar. Si queremos trabajar en este campo, es importante ser realistas y sinceros a la hora de reconocer en qué situación nos encontramos. Aunque delimite mucho nuestra visión y actuación, no debemos renunciar a que la libertad religiosa sea la base y requisito para el comienzo de todo diálogo religioso.

Nos encontramos, por tanto, en un momento de análisis y aceptación de los resultados. A este punto surge entonces la cuestión: ¿Cuál es la “ofrenda de la viuda” que nosotros podemos realizar?

La respuesta la encontramos en el tercer aspecto que hemos extraído del texto evangélico, es decir, un gesto concreto. ¿Por qué la ofrenda de la viuda pasó desapercibida para la gente que había en el templo y en cambio fue presentada como ejemplo por parte de Jesús? El hecho de que la viuda diese todo lo que tenía demuestra el grado de libertad de su acción. Para las ofrendas en el templo, nunca se exigía dar todo lo que se tiene para vivir. No es obligatorio entregar todo lo que se tiene. En cambio la viuda lo da todo, no está obligada, lo hace libremente. Este concepto de libertad está implícito en nuestros propios carismas, y tendríamos que ser nosotros los que entendiésemos que libertad no es hacer algo porque nos lo piden, sino superar toda exigencia engrandeciéndola. “Pero a vosotros os digo: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen; bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian, al que te hiera una mejilla preséntale también la otra…” (Cfr. Lc 6, 27-29). Esta mujer excede lo prescrito, supera a la ley. El gesto de la viuda traducido en palabras nos recuerda al mensaje de Jesús que “se dijo… pero yo os digo”.

¿Cuál es la actitud, o mejor aún, cuál es el motivo de este gesto, de esta ofrenda? El amor a Dios. Volvemos al punto primero: el templo, Dios, el contexto religioso.

El diálogo interreligioso es una actitud obligatoria que surge desde nuestra vivencia con Dios, especialmente con el Dios cristiano. Esa vivencia con la divinidad necesita de un dialogo, de un coloquio con los demás. Así, la falta de esa vivencia divina, nos introduce, en cambio, en el acoso a los demás.  La falta de relación personal con Dios nos hace ser una amenaza para los demás.

Entonces, si nosotros cumplimos esto, ¿qué nos espera? ¿Qué nos ofrece Cristo? La respuesta está en la continuidad del texto que hemos analizado:

“Algunas personas estaban hablando de los hermosos bloques de piedra que se habían usado para construir el templo, y de los preciosos adornos colocados en sus paredes. Jesús dijo: “Llegará el momento en que todo esto será destruido. ¡Ni una sola pared del templo quedará en pié!”. Los discípulos le preguntaron a Jesús: ¿Cuándo será destruido el templo? ¿Cuál será la señal de que todo eso está por suceder?

Jesús les respondió: ¡Cuidado! No os dejéis engañar. Muchos vendrán y se harán pasar por mí, diciendo a la gente: “Yo soy el Mesías”, o “Ya ha llegado la hora”. Pero no les hagáis caso. Ustedes oirán que hay guerras y revoluciones en otros países, pero no se asusten… Antes de que pase todo esto, habrá gente que los perseguirá y os cogerán presos. Los entregarán a las autoridades y os meterán en la cárcel. Por ser mis discípulos, os llevarán ante los gobernadores y los reyes para que os castiguen. Esa será una oportunidad para que habléis de mi”. (Lc 21, 5- 13).

 

JOAQUIN DIAZ ATIENZAAutor: JOAQUÍN DÍAZ ATIENZA Licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Neurociencias por la Universidad de Granada; Psiquiatra por la Université Pierre et Marie Curie – Paris; Psiquiatra Infanto-juvenil por la U. Pierre et Marie Curie – Paris; Psicoterapeuta.

About Solidaridad Internacional Trinitaria

Organización perteneciente a la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, encargada de materializar el carisma trinitario: la liberación de los cautivos y de aquellos que son perseguidos por su fe.

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