Mensaje del Ministro General a la Familia Trinitaria en el Año Jubilar 2013

"Casi todos los días oímos algo relativo a nuevos casos de persecución religiosa en el mundo, y los cristianos son los sujetos que padecen un sufrimiento y tortura indescriptibles". Desde 2008 José Narlaly, Ministro General de la Orden Trinitaria, ha sido incansable en sus cartas circulares en la denuncia de la persecución de cristianos en el mundo."

narlalyMe siento muy feliz al saludar a cada hermana y hermano con la presente carta al principio del Año Jubilar que señala el VIII Centenario de la muerte de nuestro santo Padre Juan de Mata y el IV Centenario de nuestro santo Padre Juan Bautista de la Concepción. Como os anuncié antes, este año de gracia para nosotros los Trinitarios/as será inaugurado el 17 de Diciembre de 2012 y concluirá el 14 de Febrero de 2014.

San Juan de Mata y San Juan Bautista de la Concepción fueron instrumentos elegidos por Dios para llevar el nombre de la Santísima Trinidad, para redimir a los cautivos cristianos y para socorrer a los que estaban rotos en el cuerpo, en la mente y en el espíritu. Dios les confió esta noble misión confiriéndoles los dones de una intensa y poderosa experiencia de Dios y una profunda conversión personal. Ya que nos encontramos en el Año de la Fe y de la Nueva Evangelización, me viene a la memoria la experiencia de conversión de San Pablo, el pre-eminente apóstol de la evangelización. Dada la importancia de dicha transformación personal en la historia de la Iglesia primitiva, el Nuevo Testamento la narra tres veces. La primera narración de la conversión del apóstol se encuentra en el capítulo noveno de los Hechos de los Apóstoles. Saulo, que “seguía amenazando de muerte a los discípulos del Señor” terminó “proclamando en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.” Dios eligió a Ananías para devolver la vista a Saulo y para bautizarlo:

Pero el Señor le dijo, “Vete, porque este hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a todas las naciones, a sus gobernantes, y al pueblo de Israel. Yo le mostraré cuánto tendrá que padecer por mi nombre.” Ananías fue, entró en la casa, le impuso las manos y le dijo: Hermano Saulo, Jesús, el Señor, el que se te ha aparecido cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo. En el acto, se le cayeron de los ojos una especie de escamas y recuperó la vista, y a continuación fue bautizado. Después tomó alimento y recobró las fuerzas (Hech. 9,15-19)
Este encuentro con el Señor Resucitado en el camino de Damasco llevó a Saulo a una conversión profunda; de ese modo cambió la dirección de su vida radicalmente. Nuestros Santos padres, Juan de Mata y Juan Bautista de la Concepción, recibieron una gracia semejante. La visión de Cristo, rodeado de dos cautivos en su primera celebración eucarística, cambió la vida de Juan de Mata completamente. La presencia de Dios que Juan Bautista de la Concepción experimentó en Écija, camino de Sevilla a Andújar, en España, no solamente hizo a la mula dar vueltas, sino que también hizo que el jinete cambiará su vida completamente. Saulo, el perseguidor, se convierte en Pablo, el predicador. Juan de Mata, el teólogo profesor, se convierte en el valiente redentor de cautivos. Juan Bautista de la Concepción, el elocuente predicador, llega a ser el incansable reformador de nuestra familia religiosa fundada por Juan de Mata. Un encuentro personal con Cristo, apoyado por la luz y la fuerza del Espíritu, transforma a hombres ordinarios en claros anunciadores del nombre de Dios y en redentores heroicos de hombres y mujeres de su tiempo.

La misión de Pablo como instrumento elegido por Dios para llevar su nombre a las naciones, a sus gobernantes y al pueblo de Israel, me trae a la memoria la llamada divina de nuestros padres, Juan de Mata y Juan Bautista de la Concepción. Refiriéndose a la visión de Juan de Mata tenida en su primera celebración eucarística, las narraciones primitivas del origen de nuestra familia religiosa hablan de su fuente divina, indicando que fue fundada por un signo de parte de Dios y no por pura fabricación humana. Más aún, nuestro reformador exalta la dignidad de nuestra vocación trinitaria afirmando que nosotros somos vasos elegidos para llevar el nombre de la Santísima Trinidad a través del mundo. Todo esto deja clara la sublimidad de nuestra vocación que, de otra parte, requiere de nosotros una responsabilidad igual para ser fieles a la llamada divina.

Mis queridos hermanos y hermanas, ya que vamos a embarcarnos en nuestro gran año jubilar, no me canso de repetir suficientemente el tema de la dignidad de nuestra llamada como trinitarios/as. Nuestros padres fueron llamados por una elección divina y enriquecidos con un carisma especial que vosotros y yo hemos heredado. Han pasado ocho siglos desde la muerte de nuestro fundador y cuatro desde la muerte de nuestro reformador. Su carisma y misión continúan vivos en la Iglesia de hoy a través de cada uno de nosotros. ¡No necesitamos mayor motivo para cantar agradecidos la gloria de la Trinidad, especialmente en el año jubilar! Celebremos la bondad de nuestro Dios y la fidelidad de nuestros hermanos y hermanas que nos han precedido en nuestra Familia Trinitaria a través de los siglos. Somos una familia pequeña en la Iglesia, y con todo, somos felices con la vida y el testimonio heroico de muchos hombres y mujeres que sobresalen en santidad y continúan aumentando la riqueza espiritual y carismática de nuestra Familia. Por ejemplo, siguiendo los pasos de nuestros padres, seis mártires trinitarios españoles del siglo XX, serán beatificados en Octubre de 2013 durante el año jubilar. Sus nombres son: Padres Hermenegildo de la Asunción, Buenaventura de Santa Catalina, Francisco de San Lorenzo, Antonio de Jesús y María, Plácido de Jesús y Hermano Esteban de San José. ¡Qué despliegue de heroicos testigos trinitarios que nos hablan claramente de su fidelidad a la vocación! Cada uno de ellos adorna el jardín trinitario con belleza única y espledor.

Estos seis mártires de Alcázar de San Juan son además otro relevante signo de nuestro carisma actual y nos animan a estar atentos al grito de los perseguidos a causa de su fe en Cristo. Casi todos los días oímos algo relativo a nuevos casos de persecución religiosa en el mundo, y los cristianos son los sujetos que padecen un sufrimiento y tortura indescriptibles. Ellos están sacrificando continuamente sus vidas para ser testigos de su fe en Cristo y de su compromiso con el Evangelio. El tema crítico de la persecución religiosa ha llevado incluso a los padres del Sínodo a establecer una comisión vaticana para observar la libertad religiosa en el mundo entero, para denunciar los ataques a la libertad religiosa y promover una mayor toma de conciencia de su importancia como derecho humano básico. A la luz de esto, nosotros, los trinitarios, tenemos un reto, incluso mayor, para vivir nuestro compromiso de fe con todo el corazón y para ofrecer nuestra plegaria sentida y nuestro sacrificio en solidaridad con los que sufren a causa de su fe.

Agradeciendo plenamente todos los dones y bendiciones que nuestra Familia ha recibido de Dios durante los siglos pasados, nosotros también caemos en la cuenta de que no hemos sido siempre fieles a las demandas de nuestra sublime vocación, tanto personal como comunitariamente. El espíritu del año jubilar está pidiendo que reconozcamos humildemente los fallos como religiosos, religiosas y laicos y supliquemos el perdón y la misericordia de Dios. Para cumplir con dicha actitud y disposición que nos llevarán al arrepentimiento y a la conversión, yo sugeriría que en algún momento a lo largo de este año especial nos decidiéramos a dedicar un día, que lo señalará la comunidad local o regional, personalmente o en comunidad, a la oración y penitencia como expiación de nuestros pecados de infidelidad a nuestra consagración total a la Santísima Trinidad. Éste será un verdadero momento de arrepentimiento y de reparación por nuestros fallos personales y de nuestros hermanos y hermanas durante los siglos pasados. Nuestros padres se ofrecieron a sí mismos a Dios y a su familia religiosa sin reserva y sin nada a cambio. Que la conmemoración de su muerte sea un momento sagrado de verdadera apropiación de nuestra inestimable vocación y un despertar real a nuestro compromiso con Dios y con sus hijos necesitados.

El Señor reveló a San Pablo, a través de Ananías, que el apóstol debe padecer a causa de su nombre. Mis hermanos y hermanas, al aceptar nuestra vocación y misión como trinitarios/as, la cruz roja y azul que llevamos en el pecho nos recuerda nuestra unión con Cristo crucificado y el precio de los cautivos que han de ser rescatados. La fidelidad a Cristo y nuestro compromiso con el carisma pide por sí misma una cierta medida de sacrificio y de sufrimiento. Nuestro reformador ha escrito bellamente acerca de la espiritualidad de la configuración con Cristo crucificado. No es posible un seguimiento radical de Cristo sin la negación de sí mismo, desapego de las criaturas y una renuncia a los propios intereses egoístas. Que la cruz que llevamos sobre nosotros nos recuerde la necesidad de vencer la tendencia a la auto condescendencia y a toda forma de individualismo egoísta que nos impide nuestra unión con Cristo y la comunión con nuestros hermanos y hermanas.

La imposición de las manos de Ananías sobre Pablo dio al apóstol la devolución de la vista perdida y la plenitud del Espíritu Santo. ¿No hemos perdido algo de claridad y el brillo de nuestra vocación y carisma a lo largo de ochocientos o cuatrocientos años? Si esto es así, volvamos a nuestros padres para obtener su bendición e intercesión para volver a ganar la mirada original de nuestra preciosa llamada. Solamente una visión corregida puede motivarnos para una fidelidad más plena. Que el Espíritu Santo ilumine nuestros corazones y nuestras mentes para que las “escamas” de nuestra ceguera espiritual sean tiradas por tierra y nosotros nos movamos irresistiblemente hacia Dios y hacia la humanidad que sufre. Volvamos nuestra mirada a las gloriosas figuras de nuestros padres, su ejemplo y sus enseñanzas y, de este modo, intentemos recuperar el pleno esplendor de nuestra vocación trinitaria. Que el rico patrimonio que hemos recibido de ellos y ha sido transmitido a través de los siglos por innumerables hermanos y hermanas que fueron fieles a su llamada hasta la muerte, sea una constante referencia para nosotros y nos guie especialmente durante este año jubilar. Permitamos a estos dos padres continuar viviendo y hablando en la Iglesia a través de nosotros, sus hijos e hijas.

En Navidad, celebramos el don de Jesús. El don del mismo Dios, concebido por el poder del Espíritu Santo, nacido de María, nuestra Madre del Buen Remedio. El Espíritu Santo que llenó a San Pablo, a San Juan de Mata, a San Juan Bautista de la Concepción y a todos los otros santos, hombres y mujeres, con sus dones continúa engendrando nueva vida y santidad en nuestra Familia y en el mundo. Que el mismo Espíritu Santo vuelva a encender el fuego original de nuestra vocación en el espíritu de nuestros padres fundadores, de tal modo que como los ángeles de Belén nosotros también podamos proclamar en voz alta y llenos de gozo: “Gloria a Dios en lo más alto y paz a los hombres en la tierra”.

¡DESEO A TODOS LOS HERMANOS Y HERMANAS DE LA FAMILIA TRINITARIA UNA GOZOSA NAVIDAD Y FELIZ AÑO JUBILAR¡

About Solidaridad Internacional Trinitaria

Organización perteneciente a la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos, encargada de materializar el carisma trinitario: la liberación de los cautivos y de aquellos que son perseguidos por su fe.

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